Tres veletas y dos manzanas (Parte IV – Magia en Dune du Pilat)

Próximo destino: Dune du Pilat, las dunas más altas de Europa, cerca de Bordeaux.

Del sur subíamos a Dune du Pilat por carreteras verdes, en concreto las carreteras D618 y la D929, entraba el atardecer, y la poca luz se aproximaba, llevábamos conduciendo no se cuanto tiempo pero parecia una hora y media, pasando pueblos y prados enormes al costado de la ruta. Tuvimos varios intentos fallidos de posibles lugares de acampada.

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Pierre en medio de la desesperanzada caída del sol vio un cartel de una zona de picnic, decidimos ir a explorar rápidamente y encontramos un lugar que parecía ideal, así que nos metimos en ese pueblo esperand mágicamente un sitio para cenar y acampar. Tournay se llamaba el lugar y detrás de una escuela hallamos un terreno bueno para armar las tiendas. Tenia césped suficiente, y una mesa de hormigón para cenar.

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Despertamos temprano con todos nuestros órganos en su lugar, no nos secuestraron, ni vino el descuartiza gente, ni zombis a comernos el cerebro.

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Por su puesto que antes de irnos teníamos que hacer payasadas para tomar el café y desayunar (el camping-gas era interminable).

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Ese día había camino por recorrer, Thomas es el Dj oficial del coche, y ese día escuchábamos Eddie Vedder, Queen, y The Raconteurs arropados por nuestras carreteras verdes, saltamos de la D817 dirección oeste para virar a la derecha y tomar la D935 hacia el norte que conectaba a la D934 aproximándose a la hora de comer. En la ruta vimos un aviso de una laguna con área de picnic, y Pierre frenó, giró el volante rápidamente para que no se le escapara la entrada. Era un camino de tierra, en busca de nuestra próxima aventura dijo él rápidamente.

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La laguna queda en un lugar llamado Roquefort (sí, como el queso). Comimos allí, y como teníamos algunas cosas húmedas, las sacamos del coche para que se secaran mientras preparábamos la pasta con salsa de pesto rosso para comer, que habíamos comprado en supermercado en la ruta.

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Una breve siesta en el pasto, y continuamos el camino. Llegamos alrededor de las 17hrs y como es un lugar súper turístico, obviamente había cola para entrar al aparcamiento, así que decidimos dejar el coche afuera en la ruta un poco retirado de lo que podríamos llamar, entrada principal, pero daba igual, porque es un parque nacional, y hay múltiples entradas incluida la que tomamos nosotros, un bosque de pino que en su momento lo mandó a plantar napoleon, para que las dunas no se comieran la ciudad. Este pinar separa las dunas y brisa marina de la D218 creo recordar.

Nos comenzamos a adentrar en el pinar, hasta llegar a las dunas. Y justo esa entrada, cuando terminaban los pinos se alzaba un muro enorme de arena como de unos 100 metros de alto. Otra escalada más, después de los días anteriores pensé. Pero eso no fue impedimento para llenarme de fuerzas y comenzar a subir.

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Una vez arriba, mirar el pinar desde la cornisa de las dunas, era como ver el amazonas que se pierde en el horizonte, las coronas de los arboles. Que hermosa es la naturaleza. Caminamos por las dunas en dirección al mar que es opuesto a los pinos. Corrimos y nos revolcamos en la arena como niños, que es lo que somos.

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Luego de nadar y caminar por la playa, observar a unas personas haciendo parapente, buscamos unas duchas para ducharnos ya que desde hace 4 días solo el lago y el agua de mar era lo más parecido a una ducha que habíamos tenido, pero no había duchas. Así que dio igual y nos aguantamos hasta que podamos hacerlo.

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Incluso el destino nos mandó mensajes subliminales en los alrededores
Camino de regreso al coche nos planteamos la idea de que posiblemente podríamos intentar acampar en el parque nacional en la noche, así que cuando volvimos nos preparamos para ello. Tomamos las cosas incluida la comida, y volvimos a las dunas, esta vez por la entrada principal que tenia escaleras, ya que la otra era demasiado inclinada para subir cargados de cosas.

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Mientras veíamos el atardecer encima de una de las dunas y hacíamos nuestro correspondiente apéro del día (merienda antes de la cena).

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A Pierre y a mí  se nos ocurrió que por las condiciones climáticas del día, y el lugar, intentaríamos dormir afuera de la tienda, solo con nuestro saco de dormir, no se si en el español tenemos un nombre parara decir que dormirás con tu saco pelao’ sin tienda, pero en francés es “à la belle étoile”, que significa “a la bella estrella” algo mas poético que eso no se si exista, y nos vino ideal esa expresión porque queríamos intentar ver las estrellas si las nubes nos lo permitían.

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Se ocultó el sol y fuimos directo a un pequeño bosque cerca del mar, para que nos cortara el viento, y para camuflarnos de unos posibles guardias de seguridad que nos pudiesen decir que estaba prohibido acampar allí.

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Montamos la carpa, y nos acomodamos para ir a dormir, Thomas se metió en la tienda de campaña y en pocos minutos se quedo dormido. Yo no quería dejar pasar la oportunidad de improvisar mi oficina de redacción un rato antes de dormir en ese paraíso, y pase escribiendo alrededor de una hora mientras Pierre se quedo fuera en su saco, esperando la llegada de la noche y con ella una posible infinidad de estrellas.

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Al asomar la cabeza fuera de la tienda y mirar al cielo, me quede con la boca abierta unos instantes. Tenia unos 4 años mínimo que no había visto un cielo con tantas estrellas. Salí de la tienda rápidamente, descalzo, la arena estaba fria, soplaba el viento, pero nada podía detenerme. Me quede estupefacto por instantes mirando el cielo, y frotando mis ojos con las manos, repitiendo una y otra vez WOOOW. ¡No lo podía creer!. Pierre que ya estaba afuera, viendo el cielo se moría de risa por yo estar tan sorprendido.

¡Incluso podíamos ver la vía láctea!.

Me acosté con mi saco al lado de Pierre y comenzamos a hablar de las estrellas, las galaxias y los planetas mientras contábamos estrellas fugaces, hubo muchas pequeñitas y unas 5 muy potentes y alargadas, casi como cometas. Los minutos continuaban y Pierre y yo nos adentrábamos en la mente del otro, pasando por temas tan filosóficos, y como personales amor, y planes del futuro, ayudados por los dos idiomas que tenemos en común. Muy romántico toda la escena. Pero a las dos horas y media nos venció el sueño y terminamos contando juntos más de 20 estrellas fugaces.

Sin duda alguna, una noche que pensamos repetir, a lo largo de la vida, en nuestros próximos encuentros viajeros.

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